EDUCAR EN CRISTIANO

Colegio Ntra. Sra. de la Consolación, Madrid.

Sábado 12 de marzo de 2011.

Carmen Guaita.

 

  1. INTRODUCCIÓN

Queridos amigos, es un honor para mí esta invitación a participar en el encuentro de padres del colegio de la Consolación, que es mi colegio y el de mis hijos. El tema que me habéis propuesto no es fácil de desarrollar con poco tiempo por delante, ni siquiera con mucho tiempo porque es absolutamente propio y personal, así que os pido disculpas por empezar con una anécdota.

 Hace apenas un mes he podido comprobar el papel que puede jugar la transmisión de la fe en la relación entre padres e hijos. Por supuesto, mi marido y yo hemos procurado siempre vivir la fe cristiana en casa, compartirla con los hijos y transmitirla, pero uno nunca sabe hasta qué punto una vivencia tan interior como la fe puede calar en otras personas. Pues bien, en estos momentos, la enfermedad de una persona querida para él está golpeando a mi hijo mayor, un joven adulto que por primera vez descubre el dolor y la impotencia. El padre de su novia - una chica a la que mi hijo está muy unido y con la que ya hace planes de futuro - sufre una grave enfermedad que está afectando mucho a toda su familia.  Es duro ver cómo afronta un hijo su primer sufrimiento de adulto. Aunque como madre sé que no podré vivir su vida por ellos, ni cargar con sus penas, me es difícil aceptar que el dolor será compañero fiel de la vida de mis hijos como lo es de toda vida humana, y que yo no podré evitárselo, aunque haya podido hasta ahora evitarles resfriados y suspensos.

 Hace unas semanas mi hijo me decía con lágrimas en los ojos: no puedo hacer nada, mamá, no puedo ir a ningún lugar a arreglar esto. Yo le contesté con mucha emoción que sí tenía un lugar a donde ir y sí podía hacer algo desde ese lugar. A él se le encendió la scintilla animae, la pequeña luz del alma, me miró con mucha intensidad como diciéndome ¡claro!, y comprendió que ese lugar era su propio interior, y que desde allí dentro podía rezar. Comenzó entonces un viaje hacia su esencia en el que ha encontrado mucha fuerza y mucha calma. No me lo ha dicho pero yo se lo noto.

 Estoy contenta de que en mis hijos anide el sentido de la trascendencia, que enriquece la vida con la comprensión, la esperanza, el amor y el perdón. Rezo constantemente por ellos, estoy por deciros que a todas horas, y pido que nunca se les apague esa pequeña luz del alma.

 

  1. LA FE COMO VIAJE INTERIOR

 Pero vamos ya a entrar en el tema de esta mañana.

El viaje hacia el interior que os propongo tiene un componente muy grande de decisión personal, de espíritu. Como dice el filósofo Heidegger: Tiene espíritu quien se decide originariamente, templado y consciente, por acercarse a la esencia del ser. Ese acercamiento a nuestra esencia es el gran viaje de la vida y es una decisión personal, que se puede tomar o no. Así que, antes de pensar en transmitir nada a los hijos, templados y conscientes tenemos que tomar la decisión de emprender ese viaje a nuestra propia esencia.

 Y para empezar - precisamente porque hay decisiones que tomar - tenemos que distinguir entre la religiosidad, la fe y la práctica religiosa como expresión ritual del sentimiento religioso y como puesta en práctica de los valores en la vida cotidiana.

 

LA RELIGIOSIDAD

 Cada uno de nosotros está situado, lo quiera reconocer o no, ante un misterio tremendo y fascinante, como lo define un maravilloso libro clásico cuya lectura recomiendo: Lo Santo, de Rudolf Otto. Este misterio es nuestro propio destino. La religiosidad es el valor que permite a un ser humano acercarse a él en la medida de sus fuerzas, y desde este punto de vista nos apela a todos. Pero además la religiosidad se desenvuelve en el ámbito de la vida interior, una dimensión esencial - donde se hacen las preguntas y se ensayan las respuestas- que debemos desarrollar.

Estamos echando mucho de menos en nuestra sociedad del ruido y la furia, esa dimensión interior. Yo creo que el auge de las religiones orientales y de los espacios de yoga y meditación apela precisamente a esa necesidad de algo espiritual y trascendente. Los hombres de nuestro tiempo estamos pidiendo a gritos volver al silencio y la paz interior, al examen de conciencia, no para enumerar las faltas y pecados sino para buscar respuesta a las preguntas esenciales de la vida, que siguen siendo las que enunció Kant: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar?

Me encanta esta profecía de Heidegger:

 Cuando el último rincón del planeta haya sido conquistado por la técnica y esté preparado para su explotación económica; cuando cualquier acontecimiento en cualquier ocasión y a cualquier hora se haya vuelto accesible con la rapidez que se desee; cuando uno pueda “vivir” simultáneamente un atentado al rey de Francia y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo solo equivalga ya a velocidad, instantaneidad y simultaneidad y el tiempo como historia haya desaparecido de la existencia de cualquier pueblo; cuando el boxeador sea considerado el gran hombre para la sociedad; cuando las cifras millonarias de las manifestaciones de masas sean los triunfos… entonces, incluso entonces, todavía se cernirán como un fantasma sobre toda esa locura las preguntas: ¿para qué? ¿Hacia dónde? ¿Y luego, qué?

 Me parece además que, como mínimo, sin necesidad de dar más pasos en dirección a la fe o a la práctica religiosa, debe vivir en todos nosotros el valor de “la humildad ante el misterio”.

 No sé si conocéis esa historieta del buen hombre convencido de que si reproducía el David de Miguel Ángel en una bolita de miga de pan y la colocaba sobre el pedestal de la estatua, nadie notaría el cambio.

 Todos los cuerdos y razonables pensamos con suficiencia que es absurdo, ¿verdad? Pues mirad esto otro:

 Nadie que sea religioso acude a la filosofía; no la necesita. Nadie que filosofe de verdad es religioso, pues camina sin necesidad de agarraderas. Así que sé religioso y reza o sé filósofo y piensa, pero sé sólo una de las dos cosas.

 ¡Esto lo dice nada menos que Schopenhauer!  Esta pretensión de que es posible caminar sin agarraderas, ¿no se parece un poco a la de esculpir el David en una bolita de pan? Yo creo que sí.

 Todos nosotros somos una amalgama compleja de elementos biológicos, fisiológicos, psicológicos, sociales, educacionales y espirituales, muchos de los cuales nos siguen resultando inexplicables. Capaces del bien, del Arte, de la Ciencia, de la Filosofía, pero también del mal y de la injusticia; inmersos en nuestro nivel racional e intelectual y en la profundidad de nuestros sentimientos y deseos; cuestionados por un misterio que nos envuelve desde el origen y nos iguala en el final, los seres humanos no podemos caminar sin algunas agarraderas. Ya nos gustaría.

 La inteligencia humana está sobrevalorada, y debe reconoce sus limitaciones. ¿Cuántas explicaciones categóricas sobre el origen del universo han pasado antes de que Stephen Hawking, este mismo verano, haya dado con la prueba definitiva de la inexistencia de Dios? La de Hawking es una teoría deslumbrante, pero falta aproximadamente media hora para que otro gran científico la refute. Y esto no puede detener el avance de la ciencia, sólo debe situarla en su verdadera dimensión que es irremediablemente humana. Existe el misterio de lo desconocido, que excita la curiosidad insaciable de nuestra mente para bien de todos, y existe el misterio de lo incognoscible, un umbral que, sencillamente, no se puede atravesar.

 Si uno cree en la vida eterna, acepta humildemente un misterio que no va a poder explicar; si no cree, lo acepta también puesto que la incógnita sobre lo que pasa después de la muerte es irresoluble. No sé nada, dijo Sócrates hace tres mil años. La inteligencia del hombre ha descubierto desde entonces las entrañas del mundo y, no obstante, esa afirmación sigue siendo la más sabia.

 Quién se engaña con el espejismo de la omnipotencia de la razón se corta las alas y puede terminar asido a las agarraderas de la superstición, a cuenta de negar las del misterio. Podemos pensar, filosofar, para conocer mejor nuestra esencia y nuestro entorno, para intervenir en la mejora del mundo. Podemos rezar en señal de humilde aceptación del misterio de la vida y de la muerte, en reconocimiento de la limitación de nuestras fuerzas.

 LA FE

 Por eso la fe nos permite dar un paso más. Sirve para relacionarnos con Dios, sentirnos incluidos en su proyecto y justificar la vida, no sólo porque enmarca las realidades  - y todo se ve de otra manera- sino porque quien la vive con sinceridad está impelido por ella a ser justo.

 Sin ánimo de dar claves definitivas, con toda humildad, pienso que tener fe es tan natural como tener sed. Cuando me levanto a por un vaso de agua, un científico me puede explicar que lo hago porque el cuerpo me envía señales de deshidratación. Lo curioso es que el ser humano puede aguantar la sed con un esfuerzo de su voluntad, aunque tenga un límite, o puede beber mucho sin sed, y en ambas actitudes entran componentes que no son solo racionales. Quiero decir que, si en una necesidad vital tan elemental hay muchas cosas inexplicables, ¿por qué debo cuestionar con mi limitada razón las necesidades de índole espiritual? Tengo sed y bebo; noto brotar en mi alma el impulso de la oración y rezo; el mundo me cuestiona y pienso. ¿Tenemos que encerrar nuestras facetas en una colección de cajitas etiquetadas? Somos un todo. Nos moriríamos sin beber, pero algo de nosotros moriría también si renunciáramos a rezar y a pensar.

 No creo que debamos tener miedo a la fe religiosa, ni miedo a nuestras propias dudas sobre la fe. La mejor manera de vivir en nuestro mundo tecnificado y veloz es recuperar la vieja idea de que estamos en todo momento en las manos de Dios.

 Pero claro, esto ya son palabras mayores en unos tiempos como los que corren porque cuando hablamos de fe, estamos diciendo algo imposible de explicar a los demás: la total y absoluta confianza en Dios,

 Hace poco tiempo, un buen amigo, que es un gran artista muy conocido, amigo también del colegio de la Consolación, me dijo: Dichosos los que creéis. Este amigo vive con una profunda espiritualidad a la que no quiere llamar fe. Me impresionó su bienaventuranza y tuve que dedicar un rato a pensarla. Sí, dichosos. Con la fe nos viene una conciencia eterna, nos sentimos parte de algo grande, sabemos que nos recogerán en la caída, podemos imaginar la ternura infinita, no conocemos la soledad absoluta. Es verdad, somos enormemente dichosos. Pero también enormemente responsables porque la fe modifica total y absolutamente la vida, y si bien es un don, como nos enseñaba el catecismo, es también un movimiento, un salto de altura. La fe es la más alta pasión del hombre, decía Kierkegaard.  

 Voy a seguir ahora, un poco por encima para que no nos agotemos, las pistas que da este filósofo danés, uno de los pensadores que mejor ha abordado el tema de la fe. Él dice que el paradigma de la fe es Abraham, y yo voy a enumerar las indicaciones que da para reconocer al Abraham en nuestros días, a ver si estas pistas nos ayudan a realizar este viaje interior y sobre todo a pintar nuestro propio retrato. Y, aún más, el retrato de lo que puede ser nuestra familia.

 Dice Kierkegaard: Abraham creyó y por eso se mantuvo joven, pues quien espera siempre lo mejor envejece en las decepciones y quien aguarda siempre lo peor se desgasta temprano; pero quien cree conserva una eterna juventud.

 Así que quien tiene fe es una persona alegre, joven en el espíritu, capaz todavía de asombrarse y de reír.

 En segundo lugar, Kierkegaard deja claro que quien tiene fe pertenece completamente a este mundo, más que ningún tendero. Así que no se va distinguir a primera vista de cualquier otra persona de su entorno ni es un bicho raro.

 Otra pista es que buscamos a alguien completamente alejado de la superstición o de esas parodias de la fe que están dentro de las miserias de la vida.

 Dos nuevas pistas. Dice Kierkegaard: El movimiento de la fe debe hacerse constantemente en virtud de lo absurdo y, cosa esencial, tratando de no perder el mundo finito, sino por el contrario ganarlo integralmente.

Buscamos pues a una persona activa, que da ese salto de altura del que hablábamos. Y lo da en función de lo absurdo, de lo desacreditado, de lo contracorriente, de lo que no se ve ni se puede demostrar.  Y lo da aquí, en el mundo finito, en su casa, en su ciudad, donde cada vida humana se desenvuelve.

 Estamos hablando también de una persona de una pieza que no siente el deseo de convertirse en otro hombre. Autenticidad, coherencia, identidad que evoluciona con las circunstancias pero mantiene la estabilidad. Seguramente, por la fuerza paradójica de la fe, tendrá que salirse en ocasiones de lo pautado como norma general; desde luego, de lo políticamente correcto. 

Las piezas encajan formando ya una figura identificable. ¡Tal vez incluso os identificáis vosotros! Una persona de fe es quien, en virtud de lo absurdo, ve hijos en los fetos, hermanos en los sin papeles, dignidad en los desahuciados, quien tiene llena la vida de amor, de perdón y de esperanza. Quien, en virtud de lo absurdo, complica su vida cómoda y se convierte en solidario. Quien, en virtud de lo absurdo, consuela al doliente, visita al enfermo, comparte lo que tiene, da de comer al hambriento... Quien apuesta por la defensa de los derechos humanos. Porque la fe – la fe en el Dios cristiano- tiene una traducción práctica inmediata: se convierte en un programa de vida.

Pero antes de entrar en este programa, diremos también que, en virtud de lo absurdo, quien tiene fe entra cada día en lo más profundo de sí mismo,  reconoce allí una manifestación que trasciende lo propiamente humano,  enciende su scintilla animae y reza.

Si vamos trabajando para reconocer y potenciar lo que podamos tener de parecido a ese Abraham que confiaba en Dios absolutamente, la fe modificará no solo nuestra vida sino también el perfil de nuestra familia. De esto no es necesario hablar a los hijos, a veces ni siquiera se puede, con vivirlo es suficiente. Las ganas de dar saltos de altura se transmiten por contagio.

 

LA PRÁCTICA RELIGIOSA

 Sin embargo, hay una traducción de la fe, que es un paso más. Se trata de la práctica religiosa.

 La práctica religiosa implica seguir los ritos de manera respetuosa y consciente, vivir en familia, todo el tiempo que sea posible, el aspecto comunitario de la fe, acercarse a los sacramentos en presencia de los hijos, rezar con ellos en voz alta, y en silencio pero delante de ellos, en los momentos en los que solo cabe rezar. Y sobre todo, inevitablemente, ejercer los valores cristianos en la vida cotidiana.

 Todos los caminos que el hombre puede transitar para relacionarse con Dios son invitaciones a la perfección, pero el mensaje del cristianismo es una de las invitaciones más exigentes. También de las más insobornablemente humanas, porque lo verdaderamente humano, contra el tópico, es lo que tira para arriba de nosotros.

 LOS VALORES

 Por eso la práctica religiosa, cuando uno es padre o madre de familia, implica también educar en valores. Los valores buenos valen siempre y nos valen a todos, creyentes o no. Pero cuando se viven desde la religiosidad, o cuando la fe los alimenta, se sustentan sobre algo más fuerte que la misma voluntad humana, se proyectan más arriba y llegan más lejos.

 Un valor es aquella actitud que nos ayuda a construir un carácter sólido con el cual afrontar bien la vida. Los valores se transmiten por contagio, no a base de consejos ni de sermones. Trascienden el lenguaje y forman parte de nuestra actitud ante el mundo. No son para nosotros como un vestido que se pone o se quita sino como una piel, que nos recubre por completo y constituye buena parte de lo que denominamos “yo.” Son trascendentes porque alejan la banalidad de nuestra vida cotidiana.

 Nuestros hijos aprenden los valores importantes en la vida cuando nos observan, no cuando nos escuchan hablar sobre ellos. Los hijos nos adivinan, nos ven tal como somos en realidad. Si somos generosos o no, si tendemos a descalificar o a tratar sin respeto a alguien, si damos una importancia exagerada a lo material, si engañamos con frecuencia, si escapamos de nuestro estrés con mecanismos artificiales, si nos manejamos con pereza o con rencor ante las dificultades, a qué tenemos miedo, qué nos produce dolor. Siguiendo con el símil anterior, ellos ven, más allá de nuestro vestido, nuestra piel. Ellos nos están mirando siempre. ¿Qué les vamos a contestar cuando nos pregunten lo que significa “Venga a nosotros tu reino”?  

 Así que en primer lugar debemos poner en juego la observación de nuestro comportamiento e incluso la autocrítica. ¿Vivo los valores como parte de mi compromiso de fe? No pasa nada, no hay que responder ahora. El proceso del desarrollo ético y religioso de nuestros hijos va a la par que el nuestro.

 3.  VALORES DE FAMILIA CRISTIANA

 Y lo que se dice para cada persona es equiparable a la idea de familia. Cada familia escoge una escala de valores que marca su identidad, su manera de ser y de vivir, construida a partir de lo que cada uno trae en su mochila y de las vivencias comunes. Sin embargo, como estos valores que conforman nuestra personalidad como familia no nos resultan definibles, ni sabríamos exponerlos ni los hemos revisado de manera libre y consciente, corremos el peligro de difuminar su importancia en la urgencia de la vida cotidiana. Tal vez estamos dando a nuestros valores familiares la misma importancia que a cualquier otro tipo de actitud, o incluso no les estamos dando importancia en absoluto.

 Sin embargo, puesto que educar es educar en valores debemos pensar muy bien cuáles son los que nosotros, como familia, elegimos para transmitir a nuestros hijos y, para el caso que nos ocupa esta mañana, debemos ser conscientes también de por qué y para qué los elegimos. Y si los elegimos porque son los propios de nuestra fe cristiana.

 Porque nosotros, los cristianos, en el día a día de la vida familiar, y frente a la escala de valores engañosa en que se desenvuelve el mundo moderno, nos hayamos dado cuenta o no, escogemos educar a nuestros hijos de esta manera:

 FRENTE AL CORTOPLACISMO, EL PROYECTO PERSONAL

Frente al “cortoplacismo”, el valor que podríamos denominar “largoplacismo”, es decir, la idea de proyecto personal, de apuesta por la propia vida, que exige compromiso de las capacidades y las competencias vitales.

Ese proyecto personal para nosotros es el reto: Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.

Sed perfectos es una exigencia extraordinariamente vinculante y profunda. Nos permite un punto de partida básico, el reconocimiento humilde de que no lo somos; pero también nos marca una meta a la que querer llegar y nos proporciona tiempo, camino, vida -  toda la vida - para alcanzarla. Es una tarea ética para llevar a cabo un día tras otro, hasta el último. Como nadie puede conseguir la perfección, nos permite también perdonarnos los errores y volver a empezar. Y como nuestra personalidad evoluciona al compás de los acontecimientos de la vida, el esfuerzo continuo por adaptarnos a ese reto nos obliga a conocernos bien, a vernos desde fuera, a evaluarnos.

Pero lo que diferencia sobre todo a este mensaje es el estándar de perfección. Como vuestro Padre celestial lo es. ¿Demasiado alto? Creo que no. Hace años, a las chicas jóvenes se las enseñaba a llevar unos libros en equilibrio sobre la cabeza para que aprendieran a caminar con la espalda bien derecha y el cuello estirado. Algo parecido a esto debe de ser lo de perfectos como el Padre Celestial: “mira para arriba y así no te pesarán tanto tus pies, que siempre estarán inevitablemente llenos de barro”.

¿Cómo se educa en este valor? Aumentando el nivel de exigencia, poniendo frente a nuestros hijos esos escalones adecuados a su estatura que constituyen un reto y cuyo premio es el orgullo de haberlos subido. Un proyecto de vida que quiera desarrollar el reto de ser perfecto necesita disciplina, responsabilidad, metas, tiempo, valoración amorosa de los logros, respeto.

FRENTE AL INDIVIDUALISMO, EL PERSONALISMO.

Frente al individualismo, el personalismo. Elegimos sentirnos únicos, que no aislados. La conciencia de vivir entre los otros y de amar la vida propia es una manifestación cristiana. No se nos olvide que estamos invitamos a amar al prójimo como a nosotros mismos. Amar de verdad la vida requiere descubrir nuestra individualidad y apreciar nuestro estar en el mundo en un lugar y un momento concretos, rodeados de otros que también son únicos e insustituibles, hechos todos a imagen y semejanza de Dios.

 Me impresiona profundamente la idea de que para cada uno de nosotros ser es estar aquí ahora, únicos, irrepetibles, distintos de quienes nos antecedieron y de nuestros descendientes. Esa ineludible personalidad nos convierte en diminutos eslabones en la gigantesca cadena de la historia de la humanidad, sí, pero indispensables en el aquí concreto en que debemos desenvolver todas nuestras capacidades: insustituibles hijos de nuestros padres, padres de nuestros hijos, amores de nuestros amores, amigos de nuestros amigos, significantes para quienes nos conocen. Cada vez únicos. Comprender esto es la clave para amar la vida. Y es una clave espiritual.

Para nosotros los cristianos, el personalismo es el valor que se encierra en el significado de la expresión hijos de Dios. Nuestra religión apela a considerar persona a cada ser humano: personas individuales, no individuos como los de una clasificación biológica. Hijos de un mismo padre, hermanos, nos reconocemos en amarnos los unos a los otros y en la capacidad del perdón. El  mensaje cristiano es el primero que habla del perdón y la tolerancia en toda la historia de la humanidad, ahí está su mayor originalidad y buena parte de su influencia.

FRENTE AL GREGARISMO, LA PARTICIPACIÓN Y LA SOLIDARIDAD.

Frente al gregarismo, la participación social. El hombre, a diferencia de los animales, no sólo tiene voz para expresar el placer o el dolor; también tiene palabra, capacidad de deliberar conjuntamente con los otros para buscar acuerdos. Ser gregario es en realidad lo contrario de ser social. Tenemos que educar en la capacidad crítica ante la publicidad, ante la política, ante las demandas del grupo. Tenemos que educar en la amistad verdadera, en la generosidad y la solidaridad que se favorecen desde casa. ¿Y por qué lo vamos a hacer así? Muy fácil, porque tenemos hambre y sed de justicia.

FRENTE AL CONSUMO DESENFRENADO, LA AUSTERIDAD.

Frente al consumo desenfrenado, la austeridad que comparte. La elección de la pobreza, en el sentido de rechazo a lo superfluo, y rechazo a las desigualdades en el reparto de la riqueza, es en esta sociedad macro consumista una elección.

Austeridad es reciclar, invitar a los mejores amigos y no a toda la clase a un cumpleaños, sacar un libro de la biblioteca, intentar arreglar algo que se ha roto antes de tirarlo. Ser austero es entender el verdadero significado de la figura de Jesús como un hombre pobre, el verdadero sentido de esa excentricidad que es el pesebre del portal de Belén. Nuestros hijos entienden este sentido cristiano de la austeridad, ojo, somos nosotros los que estamos atrapados en la sociedad de consumo.

FRENTE A LA ÉTICA INDOLORA, LA EXIGENCIA DE LAS RESPONSABILIDADES.

Tenemos que enseñar a los hijos que no se debe exigir ningún derecho que uno no esté dispuesto a exigir para todos los demás, y que se debe aceptar nuestra propia cuota de responsabilidad. La ausencia de consecuencias en sus actos impide ver a un niño ver una acción determinada con los ojos de los demás. En cualquier caso deben tener bien claro que los derechos nos los otorgan quienes nos quieren, y la propia sociedad privilegiada en la que hemos nacido, pero los deberes los traemos “de fábrica”. Coge lo que tienes y dáselo a los pobres, es un mandato inapelable, pero tal vez para un niño español de ocho años puede querer decir “recoge tus juguetes y respeta a la señora que viene a casa a limpiar”, “escucha con cariño a tu abuela”, “comparte tus cosas”.

FRENTE A LA EXTERIORIDAD, EL PENSAMIENTO.

 

La recuperación de la interioridad, del “examen de conciencia”, que hace preguntas sobre la propia vida. La falta de meditación, la complaciente repetición de verdades que se han convertido en triviales y vacías, me parece una de las características de nuestro tiempo. Lo que propongo es muy sencillo: nada más que pensar en lo que hacemos, dice Hannah Arendt.

Sócrates decía que de su madre, que era partera, había aprendido el oficio del pensamiento; como la partera, cada padre o madre puede ayudar al hijo, en diálogo, a extraer la verdad que contiene dentro de sí. Nosotros somos “parteras” de la personalidad de nuestros hijos y así nos tenemos que ver. ¿Cómo? Dialogando, movilizando su mente, preguntándoles sobre sus conocimientos, experiencias y opiniones, no solamente sobre sus vivencias y gustos. A los jóvenes de hoy, sobreprotegidos en tantas cosas, apenas les dejamos intervenir efectivamente en el mundo, y desde luego en la marcha de la familia.

Enseñar a pensar es la antesala de la acción, el espíritu crítico y la capacidad de adecuarse a una realidad que cambia constantemente. Estamos movidos por una apelación profunda: nuestra lámpara se enciende para brillar; nuestros talentos, para multiplicarse. Nunca podremos transmitir la fe si no permitimos a los hijos desarrollar su propio espacio interior.

FRENTE A LA FAMILIA DIVIDIDA EN CÉLULAS, EL FORTALECIMIENTO DE LOS VÍNCULOS.

La familia es un “todos para todos”. El fortalecimiento de los vínculos de la familia significa recuperar las obligaciones, la ob-ligatio que establece una vinculación con los demás y con el propio interior. Nacemos ya vinculados a los demás, nunca aislados. Por eso cuando los vínculos se rompen, las personas se desintegran. Y parte esencial de esos vínculos son, precisamente, las obligaciones que tenemos con los demás. La común-unión es una idea profunda y bellamente cristiana.

FRENTE A LA FRIALDAD, LA COMPASIÓN

No nos damos cuenta de que compasión no es condescendencia de los que se encuentran bien con los que se encuentran mal, sino acompañamiento del otro en el sufrimiento y en la alegría. Nuestra cultura, llena de recursos comunicativos, en triste paradoja, nos aísla y nos hace  romper vínculos con los demás. Pero por ahí tenemos a algún buen samaritano inspirador, a un Jesús que se compadece y comprende a prostitutas y publicanos...

LA LIBERTAD

Vivimos inmersos en la inmediatez del presente y un poco sumergidos en la banalidad. Vamos muy deprisa y pensamos poco. Podemos volver a escuchar a Kierkegaard; Si yo no puedo dar una explicación de lo que hago, entonces prefiero no hacerlo; y si no puedo comprender el poder que ejerce su dominio sobre mí, jamás me someteré a ese poder.

¿No nos daría esta frase pie para un estupendo diálogo con los hijos? Claro que para los adultos no puede ser una opinión sino una vivencia.

Presente y libertad son términos que nuestros jóvenes y nosotros mismos aceptamos y empleamos en la vida cotidiana sin reflexionar sobre lo que significan. Se nos ha olvidado que la libertad no consiste en poder elegir entre hacer una cosa u otra. La libertad consiste en que se puede. Cuando yo, sencillamente, soy libre para poder, cuando tengo la posibilidad de poder es cuando realmente tengo que tomar las riendas de mi vida. Tal vez para escapar de esta responsabilidad, nos quieren cada vez más clónicos, más adocenados. Y también más jóvenes, eternamente jóvenes e inmaduros, volcados hacia lo externo. Cada uno de nosotros, para poder transmitir a los hijos el sentido de la libertad debe profundizar en su interior, en su proyecto personal. Debe saber qué es, quién es, cual es su elemento. La verdadera comprensión de la libertad es un resultado de la puesta en práctica de muchos valores. Nuestros hijos tienen que ser educados en valores hoy para ser libres mañana.

LAS CRISIS VITALES

Para superar las grandes crisis vitales, las de los grandes sufrimientos, la familia entera y cada persona en concreto tienen que comprender el sentido de la vida.

La enfermedad y la muerte son tan constitutivas de la humanidad como la salud y la vida, sin embargo la educación que nuestros hijos reciben las evita sistemáticamente. Algunas veces, con un mal entendido sentido de la protección, los alejamos demasiado del fallecimiento del abuelo, mientras les permitimos pasar horas y horas matando y viendo morir en la realidad virtual. Sin embargo, los hijos necesitan explicaciones sencillas y veraces. Es un grave error hacerles ignorar la presencia del dolor y de la muerte, incluyendo la realidad de las condiciones en que se encuentran dos tercios de los habitantes de la tierra, y la existencia del terrorismo y la guerra. No se trata del morbo ni la obsesión, sino de temas que deben formar parte de las conversaciones familiares, cuando surjan.

Los momentos álgidos de la vida precisan de la voluntad de estar a la altura. Si tenemos que enfrentarnos a ellos, sólo podrá servirnos presentar a los hijos lo mejor del alma humana, que es el sentido de la trascendencia. Este salto de altura sólo se da en los momentos de mayor alegría o mayor dolor, pero nos hace capaces de mirar de frente al misterio tremendo y fascinante de Dios y sus designios. La fe nos permitirá llorar con nuestros hijos, rezar con ellos, creer con ellos en una presencia continua del espíritu y del amor. Con ella, lo que sería pura desolación se convertirá en uno de los momentos culminantes de la convivencia familiar.

4. CONCLUSIÓN

Existe en nuestras casas, y en nuestro tiempo, la posibilidad de la libertad, la posibilidad de la educación en valores, la posibilidad de vivir en profundidad una fe cristiana. No todo se desarrolla como nos cuenta la televisión. Las cosas de las cuales se dice que sólo ocurren cada mil años, son cosas que suceden a diario tan sólo con que exista el observador. ¡No somos bichos raros!

Nuestro desafío personal es vivir cada uno de nosotros la apelación de la fe y su traducción en la vida cotidiana. Cuanto más profunda sea nuestra vivencia interior, más transparente y significativa será para nuestros hijos. Y nuestro papel como educadores en la fe es este: observador de las posibilidades de cada uno de nuestros hijos, partera que las saca a la luz, referente que busca y encuentra momentos para que los hijos se expresen en casa y transmitan sus vivencias y sus dudas. No es fácil, la tarea de educar nunca lo es, pero es inapelable.

Somos gente privilegiada. Es muy bello, si lo pensamos bien, compartir con los hijos una religión, un proyecto de vida, de amor y de fe, de perdón y de esperanza. La fe nos proporciona una visión trascendente del mundo.  Nuestra vida personal trasciende en la que hemos transmitido a los hijos. Esta conjunción es suficiente para llenar nuestros días de sentido y para hacernos felices. Porque la felicidad a veces es un barullo, un jaleo de baños, cenas y regañinas caseras. La verdad es que la felicidad consiste, sencillamente, en que las cosas que hagamos tengan sentido.

Muchas gracias a todos.

 

 

PADRES, HIJOS Y VALORES EN LA VIDA COTIDIANA, UNA IDENTIDAD FAMILIAR

Carmen Guaita.

 Cada familia escoge y diseña una escala de valores que marca su identidad, su manera de ser y de vivir. Esta escala constituye lo que podemos denominar “valores de familia” y fundamenta nuestra identidad. Sin embargo, nuestros valores de familia no están siempre bien definidos. Si nos parásemos a pensar un momento en ellos, nos daríamos cuenta de que seguramente son los mismos que hemos recibido nosotros, pero pasados por el tamiz de una elaboración propia y por los aprendizajes de nuestras experiencias vitales. Sin embargo, como no nos resultan definibles, ni sabríamos exponerlos ni los hemos revisado de manera libre y consciente, corremos el peligro de difuminar su importancia en la urgencia de la vida cotidiana. Tal vez estamos dando a nuestros valores familiares la misma importancia que a cualquier otro tipo de actitud, o incluso no les estamos dando importancia en absoluto.

 Sin embargo, puesto que educar es educar en valores debemos pensar muy bien cuáles son los que nosotros elegimos para transmitir a nuestros hijos. Para ayudarnos a establecer conscientemente nuestra escala de valores, propongo como trabajo para el curso ese precisamente: reconocer nuestros "valores de familia" y reflexionar sobre las pautas que adoptamos para transmitirlos.

 Un valor es aquella actitud que nos ayuda a construir un carácter sólido con el cual afrontar bien la vida. Los valores se transmiten por contagio, no a base de consejos ni de sermones. Trascienden el lenguaje y forman parte de nuestra actitud ante el mundo. No son para nosotros como un vestido que se pone o se quita sino como una piel, que nos recubre por completo y constituye buena parte de lo que denominamos “yo.” Nuestros hijos aprenden los valores importantes en la vida cuando nos observan, no cuando nos escuchan hablar sobre ellos. Los hijos nos adivinan, nos ven tal como somos en realidad. Si somos generosos o no, si tendemos a descalificar o a tratar sin respeto a alguien, si damos una importancia exagerada a lo material, si engañamos con frecuencia, cómo escapamos de nuestro estrés, cómo nos manejamos ante las dificultades, a qué tenemos miedo, qué nos produce dolor. Siguiendo con el símil anterior, ellos ven, más allá de nuestro vestido, nuestra piel. Por eso la frase “haz lo que yo diga y no lo que yo haga”, enunciada o vivida, destruye cualquier proyecto educativo. Así que en primer lugar debemos poner en juego la observación de nuestro comportamiento e incluso la autocrítica. Educando nos educamos. El proceso del desarrollo ético de nuestros hijos incluye también el nuestro.

 Descubrir nuestros “valores de familia” es indispensable también para rentabilizar el esfuerzo y el tiempo educativos. Esto es así porque nos obliga a establecer un orden de prioridades: ¿qué es lo que más me importa a mí?

También es importante porque nos permite determinar una meta para la educación: ¿Cómo quiero que sea mi hijo cuando llegue a la edad adulta? Es importante repetir el adverbio: cómo, y no qué. No es un camino fácil pero es muy gratificante, ya lo veréis, porque es un camino de crecimiento interior. Nuestro.

 Cuestionario para trabajar en equipo y para llevar a casa. 

  1. ¿Cuál es mi verdadera escala de valores, la que transmito a mis hijos por contagio? ¿Estamos de acuerdo padre y madre en esta escala? ¿Hemos hablado alguna vez de ella?
  2. ¿Qué deseo conservar de lo que me transmitieron mis padres? ¿Qué debo cambiar?
  3. ¿Qué papel desempeñan los valores en mi propia vida?  ¿Qué es de verdad lo que a mí más me importa? ¿Cómo lo transmito? ¿Cómo soy?
  4.  ¿Qué espero de mis hijos? ¿Cuál es el objetivo que he previsto para su    educación? ¿Cómo quiero que sean?

  5.  Ordena tu propio decálogo de valores a partir de lo que haces cada día en casa. ¿Cómo hago saber a mis hijos lo que espero de ellos? ¿A qué valor  dedico más energía? ¿Los mensajes que les envío cuando regaño o me enfado por algo hacen recaer el peso sobre lo que de verdad más me importa? ¿Estoy sumergido en el océano de lo importante o sólo en el de lo urgente?

  6.  Ahora reordena tu decálogo colocando en primer lugar lo que más te importa y empieza a actuar en consecuencia.

 

RESPUESTAS DEL CUESTIONARIO GARCÍA AREITIO

El profesor Lorenzo García Areitio realizó en el año 1997 una encuesta a 350 chicos y chicas entre 10 y 14 años en la que les preguntaba una sola cuestión: ¿Qué pregunta te gustaría plantear a tus padres y nunca te has atrevido a hacer? Las respuestas más frecuentes entre los chicos constituyen un estupendo campo para la reflexión. Fueron las siguientes:

  • ¿Por qué si ya voy siendo mayor no tenéis confianza en mí?
  • ¿Por qué no habláis conmigo?
  • ¿Por qué nunca me habláis con verdadera sinceridad?
  • ¿Por qué no me contáis los problemas que hay en casa para que yo pueda ayudar un poco?
  • ¿Por qué nunca me habláis de la sexualidad?
  • ¿Por qué tengo que daros siempre la razón y vosotros nunca hacéis un esfuerzo por comprenderme?
  • ¿Por qué no vais al colegio a las reuniones de padres o a hablar con el tutor?
  • ¿Por qué me prometéis cosas que no se cumplen?
  • ¿Por qué regañáis tanto entre vosotros y cuando lo hacemos nosotros resulta que es una falta de educación?
  • ¿Por qué no te preocupas de lo que siento ni de lo que aprendo?
  • ¿Por qué si me quieres tanto estás siempre fuera de casa?
  • ¿Por qué no rezamos juntos ni vienes conmigo a misa?
  • ¿Por qué te preocupas más de los negocios que de la familia?
  • ¿Por qué cuando me castigas me dices: “¡a estudiar!”?
  • ¿Por qué te burlas de mí ante los tíos y primos cuando saco malas notas?
  • ¿Por qué no tengo derecho al tiempo libre y estoy siempre en clases particulares?
  • ¿Por qué no puedo elegir y opinar sobre la ropa o las cosas que me gusten?
  • ¿Por qué algunos padres quieren más y miman más a unos hijos que a otros?
  • ¿Por qué me insultas? ¿Por qué me pegas?
  • ¿Por qué me puedes castigar sin que yo comprenda el motivo?
  • ¿Por qué no aceptas que soy torpe en algunas cosas?
  • ¿Por qué me comparas siempre con mi hermano?
  • ¿Por qué no me das más abrazos y besos?
  • ¿Por qué si hago alguna cosa mal a veces te hace gracia y a veces te enfadas muchísimo?

Son preguntas de chicos, pero nosotros podríamos ser estos padres. Estas cuestiones pueden ayudarnos a ver desde fuera nuestra manera de educar. Espero que os resulten útiles.

 

            Carmen Guaita

 

LOS DOS DECÁLOGOS DE VALORES

 

DEBILITAN

 

 

FORTALECEN

El CORTOPLACISMO

 

 

El PROYECTO PERSONAL

El INDIVIDUALISMO

 

 

El PERSONALISMO

EXIGIR LOS DERECHOS

 

 

HACER LOS DEBERES

LA FAMILIA EN CÉLULAS    

 

                                             

LOS VÍNCULOS

 

LA EXTERIORIDAD

 

 

LA VIDA INTERIOR

LA COMPETITIVIDAD EXTERNA

 

 

LAS GANAS DE MEJORAR

EL GREGARISMO

 

 

LA SOCIABILIDAD

LA EXPERIMENTACIÓN DE LO NUEVO

 

 

EL RECONOCER LOS PROPIOS LÍMITES

EL CONSUMO

 

 

LA AUSTERIDAD

LA FRIALDAD

 

 

LA COMPASIÓN